La noche se acerca y termina otro día de rutina. Y, una vez más, encuentro refugio cerca de la escritura. No sé qué pasa en estos días, pero es uno de los pocos lugares donde logro sentirme realmente reconfortada.
Hoy hubo de todo, literal (diría mi hijo), intercambios extraños y hasta momentos de incredulidad. Me cuesta comprender cómo, (obviamente , no es la primera vez) en esta incipiente sociedad parecemos incapaces de construir acuerdos desde la escucha genuina. No hablo de pensar igual. Tampoco creo que sea necesario. De hecho, las diferencias son parte de lo que nos constituye como comunidad: múltiples discursos circulando, dialogando, tensionándose y enriqueciendo nuestras miradas sobre el mundo.Sin embargo, hay algo que me inquieta. Siento que situaciones como estas ponen a prueba mi inteligencia emocional. Y también sé que, como docente en formación, voy a encontrarme una y otra vez con personas cuyas ideas, valores o perspectivas no coincidan con las mías. Y está bien que así sea. La diversidad de voces es necesaria.
Entonces me pregunto: ¿por qué me desgasta tanto? ¿Por qué termino el día sintiendo el cansancio de una batalla física cuando, en realidad, todo ocurrió en el plano de las palabras, las emociones y los pensamientos?
Tal vez porque escuchar también implica exponerse. Tal vez porque sostener convicciones sin dejar de abrirse al otro requiere una energía enorme. O quizá porque detrás de cada discusión hay algo más profundo que las ideas: hay historias, heridas, expectativas y maneras distintas de habitar el mundo.
No tengo una respuesta clara. Por ahora, solo tengo preguntas.
Me las hago a mí misma, pero también te las hago a vos. Si algo de esto te resuena y querés compartir tu mirada, te invito a leerte en los comentarios.
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